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martes, 18 de marzo de 2014

Los impuestos perdidos

En septiembre de 2013 el Servicio de Administración Tributaria perdió un litigio contra Wal-Mart en el que, por concepto de Impuesto Especial sobre Producción y Servicios (IEPS), tuvo que devolverle 132.4 millones de pesos. El mercado para la evasión fiscal y la devolución millonaria de impuestos es algo común en nuestro país. El texto de Saúl López Noriega "Manual para (no) pagar impuestos" relata claramente cómo muchos han hecho un buen negocio con esto y que el boquete que representa la evasión fiscal es de casi 1.8% del PIB nacional.


Este no es el único punto de fuga fiscal, ya que legalmente las empresas pueden eludir impuestos mediante la aplicación de exenciones fiscales. Según datos de la SHCP, en 2013 la aplicación de los regímenes de excepción se calculó en 590.8 millones de pesos, igual a 3.68 puntos del PIB. Si sumamos ambas cifras, eso significa que hay una pérdida de recaudación fiscal de casi 5.5% del Producto Interno Bruto. 

Esta cifra no es menor si la ponemos en perspectiva: en 2013 Hacienda recaudó 10.2% del PIB en impuestos. La reforma hacendaria del año pasado se propuso incrementar la recaudación en 1.4 puntos del PIB. México recaudaría 50% más de lo que hace actualmente si combatiera la elusión y la evasión en lugar de buscar incrementar las tasas de impuestos a los contribuyentes cautivos. 

Pero el combatir a quiénes se benefician de este sistema sería como si el gobierno se disparara en el pie, porque muchos de quiénes están en este grupo son prominentes y cercanos amigos o colaboradores de quienes están en el poder. Esta frase parece caer en la burda crítica de que los políticos ayudan a sus amigos y siempre los benefician, pero el problema es que en México no podemos ir más allá del sospechosismo porque no hay modo de negarlo o confirmarlo. ¿Por qué?

Porque en México saber quiénes se benefician de las exenciones y devoluciones fiscales es ilegal. En julio de 2012 la Suprema Corte de Justicia de la Nación resolvió el caso 699/2011, en el que el "secreto fiscal", es decir, la confidencialidad de la información personal de los contribuyentes, no era sujeto del principio constitucional de máxima publicidad y transparencia. La resolución dice que sí deberíamos saber los montos de devoluciones fiscales, pero no los nombres y apellidos de los beneficiarios. Aparentemente podría afectar al interés público que la ciudadanía sepa quiénes son los consentidos de Hacienda. 

Para poner la cuestión en términos comparativos, valdría la pena saber qué sucede en otras sociedades:

En Noruega anualmente el gobierno publica una lista llamada "Skattelister" con los ingresos, activos e impuestos pagados por todos los ciudadanos. Se realiza desde 1863 y no sólo aparece su información financiera y fiscal, sino su edad, dirección y teléfono. La lista es pública y desde 2001 se sube a internet. Si usted quiere saber cuánto gana, cuántos impuestos pago o en donde viven las personas más ricas, no necesita más que entrar a este sitio: http://skattelister.no/

En Finlandia la administración tributaria publica anualmente una lista similar, sólo que si un ciudadano quiere buscar información, cada consulta tiene un costo de 36 centavos de dólar. Pero esencialmente es pública.

En Suecia la información de los contribuyentes y la correspondiente a la devolución de impuestos es pública desde 1903. Aquí hay un "tax calendar", en el que cada año se publica la información por etapas, comenzando por los contribuyentes promedio y terminando por los más altos contribuyentes. Al final, si quieres puedes comprar en línea cada uno de los "paquetes", el de los más ricos o el de la gente con ingresos promedio y te los envían físicamente. Cuestan 262 coronas, algo así como 640 pesos. Cualquiera puede ordenar este compendio y lo envían físicamente a tu domicilio, basta entrar a esta página: http://www.taxeringskalender.com/

En México, hace un par de meses se desató un escándalo porque el SAT publicó una lista de los contribuyentes morosos. Aparentemente esta decisión va en el sentido correcto, pero si consideramos los números y la información previa, es más relevante saber a quiénes y cómo se está beneficiando. Si nos comparamos con los países nórdicos, estamos a años luz de equiparar la cultura fiscal que los anima, pero eso no impide que tratemos de dar pasos en la dirección adecuada. 

En tanto el gobierno siga beneficiando y ocultando a quiénes son sujetos de este buen trato fiscal, no habrá condiciones para legitimar los incrementos en los impuestos o cualquier tipo de acción gubernamental. En los países descritos previamente el pacto fiscal se sustenta en el conocimiento generalizado de que uno paga impuestos porque los otros también lo hacen y quienes se benefician de regímenes especiales tienen cara y dirección. Mientras nosotros no tengamos material y evidencia para dejar de sentirnos contribuyentes cautivos, pedirnos estar de acuerdo con este arreglo fiscal se vuelve risible. 

@leonugo

lunes, 9 de septiembre de 2013

¿Para qué quieren el dinero?



Este fin de semana el gobierno federal presentó su iniciativa de reforma hacendaria, con la que busca recaudar 240 mil millones de pesos en 2014, en comparación con los 108 mil 465 millones que recaudó en 2012. El objetivo que se proponen es claro: el gobierno necesita más dinero.

Antes de analizar las ventajas o desventajas de elevar la tasa del ISR a 32% o de establecer IVA a chicles, alimentos para mascotas y joyas (en verdad eso es parte de la propuesta de reforma), habría que preguntarnos por qué la solución del gobierno es tener más ingresos aumentando los impuestos en lugar de mejorar los esquemas existentes de recaudación o, mejor aún, de gasto público.

Si simplemente se trata de tener más dinero, bien les haría recordar que hace 20 años se disminuyó la tasa del ISR y la recaudación no disminuyo, al contrario, se incrementó. Lo que sucede es que actualmente las tasas de impuestos están llenas de excepciones para las grandes empresas. Tan sólo en lo que va de este año las estimaciones oficiales las grandes empresas han dejado de pagar 9 mil 554 millones de pesos por conceptos de excepciones. Pero no sólo hay que criticar su manera miope de querer obtener dinero, sino para qué lo quieren.

El Estado mexicano busca incrementar su gasto hasta llegar al punto deficitario, sin embargo, actualmente su gasto es ineficiente, excesivo y poco o nada se refleja en la realidad mexicana. En una publicación previa en otro blog (disponible aquí) se mostraba cómo el gasto en México, comparado con el de otros países, no reducía la brecha de desigualdad, como sí lo hace de manera sustantiva en otras naciones.

Simplemente aceptar que al darle más dinero al gobierno las cosas van a funcionar mejor estaríamos pecando de extrema ingenuidad. No se trata de tener más simplemente, sino cómo se gasta. Los episodios de corrupción o de partidas millonarias que la ciudadanía no puede conocer porque se manejan de modos discrecionales son ejemplos claros de huecos que el gobierno prefiere no combatir, sino promover.

Que nos endulcen el oído con programas de seguros de vida y demás ayudas asistencialistas no significa que el gobierno va a mejorar su gasto. De nada nos sirven estos programas si vienen aparejados con el crecimiento de los compadres en las oficinas mediante el ensanchamiento de la burocracia o el encubrimiento de la corrupción. No olvidamos cómo la propuesta de una comisión anticorrupción fue abandonada o cómo las reformas en materia de transparencia fueron más que descafeínadas en el Congreso por los intereses que amenazaban.

Debemos demandar al gobierno eficiencia en su gasto y la eliminación de los privilegios que se da a sí mismo y a los grandes empresarios. No podemos tolerar que la formula siempre sea incrementar los impuestos sin ofrecer ningún tipo de modificación en la estructura de gasto, como si merecieran un premio por su excelente gestión. Recordemos que los gobernantes son empleados al servicio de la nación, de nosotros. Bajo este esquema, un trabajador que hace bien su labor, usualmente es recompensado con un aumento salarial; mientras que el que no lo hace puede tener sanciones salariales o incluso ser despedidos. La pregunta clave sería entonces, ¿nuestros gobernantes merecen un aumento?

@leonugo
Escrito hecho para las Juventudes de Izquierda

viernes, 17 de mayo de 2013

Calladitos y corruptos

La corrupción es una constante en la vida diaria de nuestro país. La padecemos, la ejercemos, la toleramos, la negamos, la criticamos o la ocultamos, pero ahí está. No es fortuito que el Índice de Percepción de la Corrupción 2012 de Transparencia Internacional nos coloque en la posición 105 de 176 países evaluados. Ni siquiera nos podemos sentir a gusto si nos comparamos sólo con nuestros amigos latinoamericanos, ya que 19 países son mejor evaluados que nosotros. 

Por eso Peña Nieto dijo que la creación de una Comisión Anti-Corrupción y el fortalecimiento del IFAI serían de las primeras cosas que veríamos. Pasan los meses y lo único significativo ha sido el encarcelamiento de Elba Esther Gordillo, situación que, más allá de parecer el inicio de una cacería contra los corruptos personajes de la vida política nacional, se convirtió en la eliminación selectiva de agentes incómodos para el ejercicio del poder. Episodios que merecerían ser atendidos han salido a la palestra pública por montones: coches para hijos de líderes petroleros que cuestan casi 400,000 salarios mínimos; 445 millones de pesos que se reparte el Senado de la República sin rendirle cuentas a nadie; 500 millones de pesos que se le otorgan al SNTE (además de sus envidiables aumentos salariales) para "reforzar el programa Nacional de Carrera Magisterial" cuando hay una Reforma Educativa que va a invertir recursos precisamente para eso; flotillas enteras de coches último modelo que la Cámara de Diputados compra porque no es posible que los señores diputados viajen en inservibles automóviles modelo 2011 que son rematados en exorbitantes 20 mil pesos... La lista es larga, continua y extenuante.

Los políticos no se inmutan ni siquiera ante los casos más escandalosos porque todos tienen cola que les pisen. Para muestra, cuando el PAN salió a denunciar a los muchachos priístas veracruzanos por usar recursos públicos para comprar votos en las elecciones de julio, fue cuestión de horas para que la contra-ofensiva priísta fuera mostrar evidencias de que los panistas hicieron lo mismo con Oportunidades cuando estaban en la Presidencia. Todos saben que x político del otro partido es corrupto, nadie dice nada porque ellos también son cómplices de sus propios changarros. Si esperamos que el círculo se rompa desde adentro, deberíamos ir por una de esas sillas promocionales de las cervezas Tecate, porque la espera va a ser larga. 

El problema es que la respuesta de la ciudadanía a cada episodio es levantar la ceja y decir que así son esos políticos o, en el mejor de los casos, indignación que dura un par de días y ya. Cada semana un nuevo escándalo encubre al anterior y hay tantas situaciones que ni siquiera nos podemos dar abasto. ¿Cómo romper este círculo en el que hemos internalizado a la corrupción como una institución? ¿Cómo evitar que nosotros y los políticos permanezcamos calladitos y corruptos?

Ahí esta la pregunta de los 64 mil. Algunas agrupaciones ciudadanas van a la cacería de un caso particular, los periódicos de vez en cuando golpetean con una u otra nota de corrupción, pero castigar caso por caso hoy en día es como cortar unas cuantas cabezas de la Hidra. Necesitamos buscar un cambio absoluto en el paradigma mexicano. Sacar de nuestro ADN la displicencia ante la corrupción. No creo tener la capacidad para ofrecer una solución universal o efectiva, pero creo que hay que emprender una búsqueda ciudadana para encontrarla y aplicarla, porque a final de cuentas sería iluso creer que los políticos le van a hacer agujeros a sus propios bolsillos. 

Leonardo Núñez González
@leonugo

martes, 12 de febrero de 2013

Austeridad priísta: una foto de 376 mil pesos


El 11 de diciembre del año pasado el presidente Enrique Peña Nieto firmó un decreto de austeridad, que se publicó en el Diario Oficial de la Federación, en el que planeaba reducir el gasto en servicios personales en hasta 5% por concepto de sueldos y salarios para niveles medios y superiores. El fondo discursivo es el uso eficiente de los recursos con los que cuenta el gobierno. 

No suena mal. Todos queremos que los gobiernos utilicen los recursos de una manera eficiente, ya que, a final de cuentas, el dinero que gastan es el nuestro. Sin embargo, pareciera que como sociedad somos completamente inmunes a la enorme cantidad de casos de dispendio y derroche. 

El caso más reciente fue la semana pasada, con el gasto excesivo de los legisladores en rentar automóviles del año, porque los coches modelo 2009 o 2010 que había, no eran de la talla de un legislador mexicano. Ellos merecen autos Corolla 2013 por los que no deberán pagar ni un solo peso. Nuestros eficientes legisladores lo valen. 

El problema no sólo es que hay recursos que se están desperdiciando a raudales, sino que en el proceso también seguimos arrastrando la estructura de compadrazgos y amiguismos que tanta tradición tiene en nuestro país. El 10 de febrero se publicaba en Reforma que los vehículos "obsoletos" fueron rematados, en promedio, en 14 mil pesos cada uno. Vaya que uno quisiera encontrarse en el mercado un coche modelo 2010 por ese precio.

El detalle es que nada nos indigna porque todo ocurre conforme al procedimiento legal o administrativo correspondiente. Seguramente cada adquisición y cada compra, a pesar de que sea una circulación perversa de beneficios entre compadres, está debidamente registrada y legalmente en orden. 

Otro ejemplo. ¿Cuánto pagaría usted por una sesión de fotografías? Una rápida búsqueda en internet le permite encontrar sesiones profesionales de fotografía por $6,000, con cambios de vestuario, maquillaje y peinado profesional y muchos otros beneficios. Nosotros, como consumidores, siempre tratamos de buscar el mejor precio. En teoría, el gobierno también. La ley marca que deben existir procedimientos de concursos para los contratos de adjudicación directa para que el gasto público se haga ante la empresa que presente las mejores condiciones y el menor precio.  

Pero cuando se trata de gastos para funcionarios públicos, esas cosas son irrelevantes, la clase política merece siempre lo mejor. Una búsqueda rápida en Compranet (ese portal que en su momento le dio unos dolores de cabeza espantosos a Vicente Fox y sus excéntricas toallas) revela cómo los procedimientos y las formas se siguen guardando, pero los contenidos siguen siendo perturbadores. 

Según consta en el oficio CGA/DGRMSG/DA/54/2012 de la Presidencia de la República (Disponible aquí: Oficio Sesión de Fotos Gabinete), una sesión fotográfica para el gabinete legal del Presidente, realizada del 28 al 31 de diciembre, tuvo un costo mínimo de $376,208.88. Pero eso puede ser comprensible, el gabinete está compuesto por muchos ciudadanos y por eso el costo. ¿Cuánto podría costar el servicio para la sesión fotográfica individual del Presidente de la República?

El oficio CGA/DGRMSG/DA/44/2012 (Disponible aqui: Oficio Sesión de Fotos EPN) señala que, sorpresivamente, la sesión de Enrique Peña fue incluso más cara: $376,420. ¿El mejor precio del mercado para una sesión profesional de fotos? Tal vez no.

Una de las características de las democracias contemporáneas reales es que la ciudadanía puede ejercer un control y vigilancia constante del gasto público, por lo que los desvíos de recursos y otras transacciones ilegales demandan elaborados sistemas para cubrir las huellas. Pero cuando los escándalos son descubiertos, vaya que causan revuelo y muchas cabezas son cortadas (metafóricamente). Sin embargo, nuestro incipiente sistema ni siquiera requiere eso, los escándalos y las muestras del derroche son patentes a cada momento y, como la ciudadanía no hace nada, ni es necesario ser tan sofisticado en el encubrimiento, el robo, fraude o desvío puede ser público y nada pasará.

Es momento de que seamos más críticos con la forma en que el gasto público es ejercido en todos los niveles. No sólo importa el derroche de recursos millonarios en administraciones estatales o federales, también importa la impunidad constante que se da en las finanzas de las entidades y gobiernos de todos los niveles día con día.

@leonugo


viernes, 16 de noviembre de 2012

De la democracia ateniense a la mediocridad del sorteo en la UACM


Si rastreamos dentro de la historia de la democracia, encontraremos que los textos clásicos referentes a la antigua Grecia mencionan que un método de elección, entre todos los existentes, poseía las características más cercanas y perfectas para la democracia: el sorteo. Como un método que proporciona igual probabilidad a los individuos de ser seleccionados, el sorteo se presenta como una opción incapaz de discriminar. Sin embargo, a pesar de ser el método de elección, por definición, más democrático, es interesante como su existencia ha desaparecido virtualmente en todos los aspectos fundamentales de las democracias representativas contemporáneas.

En su libro "Los principios del gobierno representativo", Bernard Manin hace un sugerente recorrido por la historia romana y las repúblicas italianas, así como por autores como Harrington, Montesquieu, Rousseau y los federalistas, para mostrar cómo, al final, prevaleció la idea de que se necesitaba un componente aristocrático para la composición del gobierno, y que la mejor forma de darle esa virtud aristocrática era mediante la elección.

El uso del sorteo en la política fue desechado debido a que en realidad la democracia moderna no requiere que todos los ciudadanos por igual tengan probabilidad de gobernar, sino que los gobernantes tienen que gobernar sólo con el consentimiento de los gobernados. Además, era necesario rechazar al método más democrático debido a que la democracia, en sentido puro, no era adecuada para nosotros. Como menciona Rousseau: "Si hubiera un pueblo de dioses, se gobernaría democráticamente". 

Ahora bien, cuando se trata de educación, ¿deberíamos regirnos por los estándares democráticos? La respuesta intuitiva de todos es que sí. Todos deberíamos tener igual posibilidad de acceder a la educación, sin restricción alguna. Nadie debería quedar fuera del sistema educativo. Bajo esta premisa hemos construido sistemas de cobertura universales en los que se trata de proporcionar a todos un piso mínimo de oportunidades que llega, al menos en la letra, hasta la educación preparatoria. Hasta aquí todo bien. El problema aparece cuando se requiere el salto a la universidad, en la que los lugares, por diversas circunstancias, son limitados. Dos visiones se enfrentan: por un lado, los argumentos democráticos que dicen que todos deberían poder acceder por igual a la universidad; por el otro, la visión que demanda una meritocracia en la asignación. 

¿A quién pertenecen esos lugares? 

Cada año vemos movimientos de estudiantes rechazados de escuelas como la UNAM o el IPN que, con el simple argumento de merecer educación, desean ser aceptados, sin más, al igual que aquellos que superaron un proceso de selección. Como hay que permanecer democráticos, sistemas como el de la UACM han decidido que eso es una pretensión elitista que merece ser resuelta con democracia pura, es decir, sorteando los lugares.

La educación es un bien al que todos tenemos derecho, pero cuando hemos sido beneficiados con un paquete mínimo y no podemos superar una simple prueba estandarizada para avanzar al siguiente paso, ¿seguimos mereciendo ese derecho? Decir que sí es simplemente idolatrar a la mediocridad y que no importan los resultados que se obtengan, siempre tendrás un lugar bajo el erario público. Si supusiéramos que no hay escasez de lugares en la universidad y que todos pueden entrar, ¿seguiríamos idolatrando al fracaso dando lugares a quienes no pueden pasar un examen? 

Me parece que tenemos una visión sesgada en la que creemos que avanzamos todos o no avanza nadie; y mientras nosotros nos peleamos en una cubeta de cangrejos, todo el mundo nos rebasa cuando se promueven programas para apoyo a talentos, inversión en investigación de punta o desarrollo de sistemas educativos que permiten que sus estudiantes superen un simple examen de lectura y escritura.

Es necesario replantearnos un sistema que combine ambas perspectivas, una visión democrática igualitaria en la que no haya justificación alguna para negar un piso mínimo educativo; pero que reconozca que debe haber un punto en que la evaluación debe hacerse y quiénes no le dieron el uso que deberían, no pueden seguir siendo partícipes del beneficio. Caso contrario, promovemos conductas mediocres que se reproducen en círculos viciosos hacia el infinito.

Evidentemente el caso mexicano presenta muchas complicaciones dada nuestra situación de desigualdad, pobreza, sindicalismo charro y demás características de nuestra pobre patria. Decir que hay que negar espacios educativos puede sonar profundamente desconectado de la realidad, pero me parece que bajo esas justificaciones nos impedimos ver los modelos de conductas de mediocridad recompensada que seguimos promoviendo.

Caso aparte es cuando se trata de personas cuyo contexto no pueden hacer que comparemos con el mismo estándar: el campo y la ciudad; pero cuando los que reclaman y a los que se les premia por la mediocridad son jóvenes de clase media de la ciudad, no hay una justificación válida para recompensar su mediocridad.

Me parece que la consecuencia se hace evidente con un simple vistazo a la UACM, dar recompensas sin probar su merecimiento ha desembocado en un sistema mediocre con resultados sumamente cuestionables, en los que más de una década de existencia no ha logrado más que unas decenas de egresados a un costo por año que en 2012 rondó los 855 millones de pesos.

Entonces tal vez lo que necesitemos en el ámbito educativo no sea solamente democracia.

martes, 26 de junio de 2012

Individualidad milliana vs zombies, trolls, bots e intolerantes políticos


"Hay un límite para la interferencia legítima de la opinión colectiva en la independencia individual".
John Stuart Mill

En estos tiempos electorales una gran parte de nosotros platicamos, debatimos e incluso peleamos contra otros debido a nuestros posicionamientos políticos. Es natural. Tal vez las campañas no representen un verdadero debate de ideas entre los candidatos, pero vaya que  entre muchos de nosotros despiertan aquellas pulsiones más idealistas y, a la vez, las más intolerantes. 

Cada quien se pone una camiseta de la cual parece que es imposible salir. Parece lógico que entre "izquierdistas" y "derechistas" los ánimos se calienten debido a la aparente diferencia ideológica irreconciliable. Las luchas encarnizadas en las redes sociales, en las calles y hasta en las casas se dan al por mayor. Vemos a "pejezombies" atacando incansablemente a los "peña-bots", unos por "inconscientes vendidos al dinosaurio" y otros por "fanáticos del mesías", así como otras tantas peleas bizantinas sin otro argumento lógico que la descalificación del contrario. No consideran al diálogo como una opción, sino al disenso como una muestra de ineptitud.

Pero un caso que me sorprende aún más es la juventud del #YoSoy132 contra todos los demás. Muchos han creído estar en un pedestal de incuestionabilidad en el que todo aquél que vote por el PRI es un retrasado mental; aquél que vote por el PAN es corto de miras por "desperdiciar" su voto y aquél que no simpatice con el movimiento es un joven inconsciente e irresponsable. Eso me parece una confusión terrible entre todos mis compañeros en la que quisiera eliminarse a la individualidad. 

Cada persona cree que la corriente de pensamiento que apoya es la mayoritaria y, además, la única correcta; y es precisamente esta percepción la que los anima para descalificar a los demás. Eso es la tiranía de las mayorías, pero de las mayorías relativas. 

John Stuart Mill ya mencionaba el terrible peligro que esta visión mayoritaria representaba para el individualismo. En "Sobre la libertad" menciona:

No basta con la protección contra la tiranía de los magistrados; también se necesita contra la de las opiniones y sentimientos prevalecientes, contra la tendencia de la sociedad a imponer, por medios distintos de las penas civiles, sus propias ideas y prácticas como reglas de conducta para los que no están de acuerdo con ellas, a fin de esclavizar el progreso, impedir, si es posible, la formación de cualquier individalidad que no armonice con sus costumbres, y obligar a todos los caracteres a que se ajusten a su propio patrón.

¿Qué protección tenemos contra los otros? Ninguna. Y no deberíamos necesitarla en un entorno ideal en el que todos fueran guiados por la razón y aceptaran a las ideas ajenas como debatibles y no sólo como inaceptables. Pero no es así. Hemos visto el linchamiento del individuo cuando se opone a la colectividad, aún cuando la razón esté de su lado.

Debemos comprender que la democracia representa, precisamente, la convivencia de una infinidad de pensamientos. Cada individuo está en su libre derecho de actuar y pensar como le parezca más prudente. Debatir debería basarse en la exposición de argumentos y la natural victoria de aquello más razonable para el juicio de cada quien, no en la imposición de nuestro pensamiento en el otro sólo porque sí.

Llamar al voto útil, por ejemplo, es llamar a las personas a separarse de lo que creen porque el colectivo mayoritario ha decidido que su opción es un desperdicio. Debemos hacer un llamado al voto consciente, al voto meditado y razonado, pero jamás al voto por "x" o por "y", ya que mi razonamiento y mis preferencias no tienen por que cuadrar con los tuyos.

Estoy consciente de la trascendencia de un posible giro a la izquierda en la política nacional; de los peligros que implica el regreso de un partido corrupto que jamás se reformó; de la continuidad de una estrategia fallida contra el combate al narcotráfico o de la inacción de la sociedad organizada, pero me parece más preocupante que ya no sólo el gobierno, sino la sociedad, se niegue a escuchar voces disidentes.  

Cuestionamos al priísmo anacrónico que quiere crear ultra-mayorías en el Congreso para pasar las reformas con aplanadora; cuestionamos a las televisoras que quieren imponer su visión; pero perdemos de vista que nosotros también queremos crear visiones mayoritarías que aplasten a todas las opiniones divergentes bajo nuestra bandera de ser los únicos con conocimiento de la realidad.

¿Vas a votar por el PRI? Que bueno. Confío en que lo haces con responsabilidad. ¿Vas a votar por el PRD? Adelante, no me quieras obligar a mí. ¿Por el PAN? Vota por lo que tú creas. ¿Vas a anular? No me parece lo óptimo, pero si así lo crees tú, adelante.

Si ya has decidido; debate, no hagas propaganda. Si no has decidido, que no te convenzan, convéncete tú.

La individualidad debe prevalecer por sobre todas las cosas.


@leonugo

viernes, 8 de junio de 2012

2 de Julio




Es lunes 2 de Julio de 2012. Las elecciones han pasado y, guste o no, los votos ya estarán en las urnas y México habrá elegido a un presidente mas. Todo el furor desatado en mítines, redes sociales, marchas y debates habrá terminado y la mayor parte de la población regresará a sus actividades normales, en donde la política es eso en lo que no pueden influir ni hacer nada hasta que venga la siguiente elección.

Quede quien quede, en el sistema político continuará Elba Esther y su enorme poderío; una larga -larguísima- lista de impresentables que se ganaran otro periodo al amparo del fuero; un Estado desnudo ante los poderes fácticos; violencia generalizada por parte del crimen organizado; gobernadores que recuerdan a viejos señores feudales y una ciudadanía que se cruzará de brazos.

El movimiento #YoSoy132, del que orgullosamente soy partícipe, ha intentado mover a un sector de la sociedad para concientizarlo de su capacidad para modificar el statu quo en áreas específicas. Hemos tenido pequeñas victorias, pero el sector estudiantil no va a apalancar todas las reformas y cambios que se necesitan en el país. Si queremos que las cosas de verdad cambien, tenemos que adquirir conciencia que no somos uno, no somos cien, no somos 132, somos más de 112 millones de mexicanos. En anteriores publicaciones he mencionado la necesidad de despertar la chispa asociacionista entre toda la sociedad y es algo que continuaré defendiendo. #YoSoy132 va a seguir con su lucha por ese término tan mísitco de la “democratización de los medios”, puede que se transforme en la voz estudiantil para otros temas que nos afectan, pero nosotros solos no vamos a poder hacer frente ante toda una estructura política corrompida, anacrónica, oligárquica y egoísta que mantiene equilibrios de poder perversos en diversos niveles.

Para hacer frente a esta realidad no es necesario hacer un llamado a sumarse al movimiento estudiantil, el llamado debe ser para darnos cuenta que todo es modificable con la movilización asociada. Puede comenzarse desde lo mas pequeño: esos problemas en nuestras calles, colonias o delegaciones a las que ninguna autoridad presta atención pueden ser solucionados si los vecinos se reúnen y presentan de manera organizada sus demandas. Una vez que interioricemos esta capacidad, podremos movilizarnos a nivel estatal y, finalmente, saber que todos podemos movilizarnos para demandar esos grandes cambios que la clase política jamás hará hasta que la presión los desborde. No podemos esperar que nuestro movimiento estudiantil haga todo, ya que antes todos tenemos que tener esa pequeña conciencia no estúpida (en términos clásicos) en la que los asuntos públicos sean de nuestro interés. Debemos recordar esa máxima de Derecho que menciona que quien puede lo más, puede lo menos. Los ciudadanos podemos lo más, pero antes tenemos que ser conscientes que también podemos lo menos.

Este 2 de Julio no hay que regresar a casa en espera de la siguiente elección. Este 2 de Julio hay que regresar a casa y pensar en todos los problemas que aquejan a nuestro país, a nuestra región, a nuestro estado, a nuestro barrio y en lo que podemos hacer todos para solucionarlos. Las soluciones no nos van a caer del cielo, mucho menos de las legislaturas o los ejecutivos, nosotros tenemos que darlas y, en su caso, hacerlas.

@leonugo

martes, 22 de mayo de 2012

Una República de Idiotas


En la antigua Grecia los ciudadanos virtuosos eran aquellos que poseían la capacidad de saber mandar y obedecer. Esta definición estaba íntimamente relacionada con la concepción de los hombres como seres políticos. Aristóteles explicaba que ser político consistía en que los sujetos fueran, a la vez, gobernados y gobernantes, lo que implicaba tener la obligación de ser parte del ágora pública, conocer de los asuntos públicos, encargarse de ellos, tomar decisiones y saber obedecer las mismas. Aquellos individuos que sólo se preocupaban por sí mismos eran considerados idiotas.
Con el paso del tiempo la noción clásica de virtud se transformó y, dependiendo de la época y el lugar, se entendía algo diferente por ella. Sin embargo, la construcción del sistema liberal contemporáneo reconoció que los seres humanos no eran ángeles, por lo que no se podía construir un sistema basado en la esperanza de que las personas fueran virtuosas. Parecía adecuado en un inicio, ya que se dejaba de lado el espacio normativo para empezar a construir un sistema político real. El mecanismo desarrollado por los federalistas, constructores del sistema estadounidense de pesos y contrapesos, era que la ambición de unos debería ser controlada por la ambición de otros. Esto se desarrollo en el plano institucional del gobierno, pero ¿qué pasaba con los ciudadanos? Otro pilar del liberalismo consistió en dotar a los ciudadanos con una esfera mínima que no podría ser invadida por el Estado y además, con una serie de mecanismos que les permitiría combatirlo si éste se volvía demasiado intrusivo.
Con una esfera mínima de libertad garantizada, los ciudadanos desarrollaron con plenitud sus deseos personales y, poco a poco, el espacio público fue perdiendo importancia. Sólo cuando el Estado se entrometía en los asuntos que afectaban al individuo éste se movilizaba y lo combatía, pero cada vez esta tendencia fue disminuyendo.
Al día de hoy, aún tenemos esa esfera mínima, pero hemos descuidado en demasía al ágora pública. Nuestro desarrollo individual se ha convertido en lo más importante. Eso es vital, pero ha sido a costa de olvidar la vida pública. En México los gobiernos, aquéllos que creen que estamos en un estado de naturaleza donde el más fuerte impera, las empresas y una infinidad de actores muy diversos hacen y deshacen a su gusto y los mexicanos, como los chinitos (el refrán popular es refrán popular), “namás milando”. En términos clásicos, nos hemos convertido en unos idiotas.
Sin embargo, creo yo, los nuevos medios de comunicación permiten que regresemos un poco a un justo medio, en el que nos interese nuestra vida privada, pero el espacio público no sea dejado a la deriva. Yo me conformaría con que todos fuéramos sólo medio idiotas, no idiotas completos. Cada quien en su trinchera debe buscar prender de nuevo la llama de la crítica, la rendición de cuentas y el asociacionismo como medios para solucionar nuestros problemas. El gobierno no es un papá que nos resolverá todo, al contrario, llegan momentos en que pareciera inclusive nuestro enemigo. En ambas situaciones, una ciudadanía virtuosa se convierte en el mejor freno ante los abusos e impulsora hacia el desarrollo.
Olvidemos esta República de idiotas y demos un paso al frente para recuperar nuestro espacio público. Debemos actuar. Los pasos ya se han comenzado a dar con el surgimiento de movilizaciones como #YoSoy132 e inclusive la #MarchaAntiEPN; sin embargo, debemos recuperar el espacio público con la voz generacional de la crítica consciente y propositiva.
Agradeceré en demasía sus comentarios, opiniones, recomendaciones, tuits, retuits y todo lo que les venga en gana.
Saludos a todos.
@leonugo

sábado, 9 de enero de 2010

Distrito Federal. ¿Capital con conciencia política?

El Distrito Federal es, a pesar de cualquier cosa, el centro financiero, económico y político del país. En esta demarcación se encuentran los mayores índices de educación y prosperidad. A diferencia de gran parte del territorio nacional, en el DF existe una conciencia política generalizada en el común de la población. Es de los pocos lugares en que podemos encontrar al barrendero, al vendedor de periódicos o al conductor del microbús discutiendo sobre asuntos de política local o nacional.Gran parte de los centros educativos de mayor renombre del país y Latinoamérica se encuentran concentrados en la capital, por lo que el mayor porcentaje de población intelectual y profesional habita aquí. 

A pesar de ello, los habitantes capitalinos resultan reticentes a una participación activa dentro de la política. Más preocupante aún, medidas irracionales por parte del gobierno, abusos e inequidades son comunes en el quehacer diario de la vida nacional, el ciudadano se encuentra al tanto de ello, pero carece de la voluntad de acción. ¿A qué se debe?

Contradicciones como una población mejor educada y un gobierno por parte de tribus con lideres mayoritariamente ignorantes hacen que uno reflexiones sobre lo preocupante de la situación política. Escaladas en los impuestos debido a una crisis económica a lado de gobiernos que despilfarran dinero en acciones populistas o en aumentarse los salarios. Las contradicciones son evidentes hacia cualquier punto al que dirijamos la mirada. ¿Qué está sucediendo?

Este año, en que celebramos el centenario y bicentenario de incipientes movimientos sociales que buscaban modificar su realidad vigente, es el ambiente propicio para preguntarnos por qué permitimos que la política siga el vuelo en picada que desde hace varios sexenios comenzó.

En posteriores posts trataré de desmenuzar un poco algunos de los problemas o situaciones que, considero, han dado raíz a esta apatía política. Por el momento, esta es mi breve opinión y un par de preguntas al aire: ¿qué hace que tú no seas partícipe de la vida política? ¿Por qué la sociedad esta consiente del estado de putrefacción de la política nacional y no hace nada al respecto?

miércoles, 30 de diciembre de 2009

Internet. ¿Verdadera comunicación?

El 29 de octubre de 1969 se envío por primera vez un mensaje a través de algo denominado Internet. La historia nos ha llevado desde ese primer mensaje enviado por Charley Kline, un estudiante de la Universidad de California, en el que sólo pudieron transmitirse las letras L y O de LOGIN, hasta la actualidad, en la que las personas se encuentran más comunicadas que en cualquier otra época. Pero, ¿cómo nos ha cambiado esta tecnología?, ¿qué repercusiones tiene para la sociedad?, ¿verdaderamente nos ha intercomuncado? El final de un año más me pone a reflexionar un poco.


Este año nos ha mostrado como la comunicación e Internet puede incidir inclusive en las políticas públicas. #InternetNecesario nos mostró cómo la sociedad puede organizarse mediante la tecnología. Políticos y figuras públicas se han acercado a esta opción para formar parte de una revolución tecnológica. 
Poder leer a @Astro_Jose, un astronauta de origen mexicano, vía twitter, así como un sin fin de anécdotas más, han mostrado como las personas se encuentran más comunicadas que antes. Pero, ¿esto es realmente comunicación?


Contar con herramientas como messenger, twitter, facebook y otras más aparentemente nos ha acercado aún más con las personas. Como había dicho antes, ahora podemos hasta interactuar con alguien que se encuentra en el espacio. Mi pregunta sobre si esto realmente es comunicación deriva de preguntarme, ¿realmente nos comunicamos por estos medios?


Aparentes sentimientos encapsulados en cuestiones como XD, LOL, ROAF y demás "abreviaciones" aparecen diariamente en correos, conversaciones, posts o tweets. Inclusive en conversaciones por mensajería instantánea muestran un "jajaja" de nuestro interlocutor, quien probablemente ni siquiera este riendo de verdad. ¿Esto realmente es comunicarnos?


La posibilidad de ser personas totalmente diferentes a quienes somos en realidad, de mostrarnos ante el mundo como un avatar, como un nick o como un seudónimo abre la puerta a preguntarnos si realmente nos estamos comunicando con alguien. Si somos incapaces de saber realmente lo que piensa el otro, de qué siente o, siquiera, quién es, entonces, ¿esta tecnología nos a acercado más?


Claramente estas tecnologías han hecho que podamos enterarnos de lo que acontece en el mundo un par de minutos después del evento, que día a día podamos leer las opiniones de diversas personalidades y que nuestros trabajos  e "ideas" fluyan por la red. La Web 2.0 refería a un nuevo paso, a la comunicación entre las personas, a un medio bidireccional y no unidireccional. ¿Realmente lo ha logrado?


Esto sólo es una pequeña reflexión, el tema no esta desarrollado en su totalidad, hay huecos y demás. Sólo establezco una pequeña opinión, ¿tú qué opinas?

jueves, 10 de diciembre de 2009

Una encrucijada ciudadana: El abstencionismo y el voto nulo

Hoy les dejo un ensayo que entregue hace un mes en mi clase de ciencia política con Benito Nacif (si, el consejero del IFE) que versa sobre el abstencionismo y el voto nulo. Al profesor no le agrado mucho uno que otro punto, pero se los dejo para recibir sus comentarios. Gracias.


Una encrucijada ciudadana: El abstencionismo y el voto nulo
El sistema electoral en México ha sufrido una gran cantidad de modificaciones a lo largo de los años: la instauración del sufragio universal, el reconocimiento de nuevos partidos políticos, la creación de un organismo descentralizado encargado de las elecciones, entre otras. Sin embargo, al margen de los resultados electorales y como una amenaza de la legitimidad de los ganadores, puede notarse un fenómeno particularmente destacable: el abstencionismo.
¿Qué puede estar mal en un país en el que más de 55% de los ciudadanos no se presenta a votar? [1] ¿Qué puede incidir en la voluntad de un ciudadano para negarse a hacer efectivos sus derechos y obligaciones políticas? Las teorías son diversas, pero una posibilidad figura entre todas las teorías: el descontento social. El objetivo del presente ensayo es mostrar algunos factores que pueden modificar los niveles de participación durante los comicios, así como la entrada en escena de un tipo de abstencionismo que difiere de los paradigmas anteriores y puede ser considerado como un indicador del descontento social: el voto nulo.
Para el desarrollo de este trabajo, en primer lugar, se definirán los fundamentos legales que establecen la relación entre la ciudadanía y el voto. Después, se mostrarán algunos de los factores que pueden ser considerados como estratégicos para la determinación de los niveles de abstencionismo. Finalmente, se desarrollará la teoría del descontento social y su incipiente manifestación a través del voto nulo, para poder llegar a la conclusión de que los indicadores en aumento de abstencionismo y votos nulos pueden representar una amenaza a la legitimidad y estabilidad política.
La esencia de la democracia contemporánea se basa en la participación ciudadana, misma que puede ser determinada con cierta precisión a través del voto.[2] Por ello, es preciso determinar cómo ha sido la relación existente entre el ciudadano y el voto mediante dos perspectivas: la evolución histórica del sistema político mexicano y la normatividad vigente que rige esta relación.
A partir de la instauración del sistema posrevolucionario la ciudadanía tenía cierto grado de participación en la vida política nacional, limitado en alguna medida por la hegemonía absoluta que gozaba el partido en el poder. Sin embargo, la historia de la democracia mexicana ha tenido tres momentos destacables que modificaron las reglas del juego político. En primer lugar, la promulgación de la Ley Electoral de 1946 abrió el camino para la diversidad política dentro de la esfera pública nacional, ya que por primera vez se registraron partidos políticos de oposición, tales como el Partido Acción Nacional, el Partido Democrático Mexicano, el Partido Nacional Constitucionalista, etcétera. En segundo lugar, la Reforma Electoral de 1977 trajo consigo dos cambios fundamentales: el registro de partidos políticos condicionados a los resultados electorales y el reconocimiento de la participación política de la ciudadanía organizada. Finalmente, en agosto de 1990 se creó una institución que marcó un referente obligado para la política y la democracia nacional, el Instituto Federal Electoral.[3]
La relación jurídica existente entre el voto y el ciudadano es una cuestión ambigua, pero a la vez interesante. La Carta Magna establece, en sus artículos 35 y 36 que el voto es, al mismo tiempo, un derecho y una obligación de los ciudadanos mexicanos. Esta doble acepción hace patente una concepción bipolar de la participación ciudadana. Por un lado, se establece que el derecho para elegir a los gobernantes es exclusivo de los ciudadanos que no se encuentren impedidos para ello, es decir, aquellos que cumplan con los requisitos necesarios para la obtención de la ciudadanía y que gocen de sus derechos políticos de manera normal. Por el otro, la Constitución expresa que los ciudadanos tienen la obligación de votar, pero no existe ninguna disposición adicional que permita hacer cumplir esta disposición, lo que hace que la votación sea una obligación in jure y no de facto.[4] De esta manera, puede notarse que los recursos para determinar los niveles de abstencionismo se encuentran limitados, al no tener un marco que defina, mida y obligue a la participación total de los ciudadanos durante los comicios.
Es debido a esto que debemos analizar la realidad nacional para poder determinar qué factores pueden incidir directamente en la decisión de un elector para no votar el día de los comicios y así negar su derecho mientras evade su obligación. Para poder comprender este fenómeno en el presente, puede acudirse a un referente histórico de la Francia revolucionaria, en la que la baja participación ciudadana en las elecciones se debía a la enorme complejidad administrativa que elevaba exponencialmente el costo a los electores.[5] José Antonio Crespo utiliza este referente para ofrecer tres factores que pueden determinar ciertos niveles de abstencionismo: la dificultad para el registro y obtención de la credencial de elector, así como las dificultades técnicas que implica no poder sufragar fuera de la demarcación de residencia; la distribución y logística del sistema de casillas, que puede evitar que un ciudadano participe debido a la lejanía de la única urna en la que debe depositar su voto, y la frecuencia de los ciclos electorales, ya que el sistema presidencialista mexicano modifica la percepción del ciudadano, el cual otorga mayor importancia a su voto durante la elección del mandatario nacional que a la de sus representantes en los cuerpos legislativos.[6]
Estos factores logísticos podrían explicar una porción del electorado que no emite su voto el día de la elección, pero es imposible pensar que estos inconvenientes logísticos expliquen tasas de abstencionismo superiores a 50% tan sólo en los comicios de 2003 y 2009.[7] Alguna otra característica escapa al análisis, o a la mesura, de algunos investigadores del tema: el descontento social. Para poder comprender de mejor manera esta teoría puede recurrirse al análisis del voto nulo.
Generalmente se estima que el número de votos nulos es insignificante con respecto del número de votos válidos y al número de votos no emitidos (abstencionismo).[8] Pero cuando el análisis llega a las elecciones correspondientes a 2009, una discontinuidad es apreciable: un porcentaje de votos nulos superior a 5% en los comicios federales[9] y, de manera aún más notable, 10% de votos nulos en las elecciones en el Distrito Federal.[10] Sin duda alguna un fenómeno está ocurriendo, por lo que debe hacerse una pausa para conocer un poco más acerca del voto nulo.
El artículo 274 del Código Federal de Instituciones y Procedimientos Electorales establece lo que se considerará como un voto nulo:
a) Aquel expresado por un elector en una boleta que depositó en la urna, sin haber marcado ningún cuadro que contenga el emblema de un partido político; y
b) Cuando el elector marque dos o más cuadros sin existir coalición entre los partidos cuyos emblemas hayan sido marcados;
De tal manera, existe la posibilidad de que cierto número de los votos anulados correspondan a los sectores más bajos de la sociedad, en los que el analfabetismo puede ocasionar que los electores cometan errores al el momento de marcar la boleta electoral. Sin embargo, las cifras de alfabetismo en el Distrito Federal, cerca del 97% de la población,[11] no corresponden con esta teoría al momento de cotejarla con la anulación de los votos. Entonces la proliferación de los votos nulos no es ocasionado por la ignorancia, y, de igual manera, los factores que Crespo menciona tienen menor relevancia en el ámbito capitalino.
El voto nulo, cuando no es originado por la ignorancia y la desinformación, es, por antonomasia, un voto de castigo; ya que manifiesta un rechazo radical y total al sistema de partidos tal como se presenta en el momento de las elecciones, sin cuestionar la validez del sistema electoral.[12] Es entonces que el ciudadano cuenta con una vía de manifestación de su descontento con el sistema partidocrático, la anulación de su voto.  Esto nos puede ofrecer una explicación del por qué no se encuentra reglamentado un código que obligue a la ciudadanía a votar: es probable que un gran porcentaje de los ciudadanos que se abstienen de emitir su voto, y que no son afectados por los factores logísticos que se han mencionado previamente, sean partícipes del mismo descontento que los electores que anulan su voto manifiestan, pero no consideran pertinente hacerlo notar en las urnas. Entonces, sí se obligara a la población a votar, las cifras de nulificación de votos aumentarían aún más, lo que pondría en riesgo la legitimidad de los ganadores de los puestos de elección popular.
Es así que ambas opciones electorales, la abstención y el voto nulo, se presentan como un reflejo del descontento ciudadano, cuando no son producto de las condiciones descritas previamente, y expresan un esbozo de interés en el mejoramiento de los sistemas políticos vigentes. Si la democracia en México desea ser perpetuada, no puede dejarse de lado el incipiente rechazo que la sociedad tiene por su clase política, por lo que las políticas no deben esperar a que las cifras de abstencionismo y nulificación aumenten, lo que colocaría a la nación en una coyuntura sumamente problemática, sino que deben velar por la representación de los intereses de los gobernados y el bienestar de su población.




[1] Instituto Federal Electoral. Estadísticas y Resultados Electorales. http://www.ife.org.mx/portal/site/ifev2/Historico_de_Resultados_Electorales/ (Fecha de consulta: 28 de septiembre de 2009). En adelante: Estadísticas y Resultados del IFE.
[2] James David Barber, El ciudadano político: Relación entre la cultura y la actitud política (México: Editores Asociados, 1973), 4-10.
[3] Bruno Lutz, “La participación electoral inconclusa: Abstencionismo y votación nula en México”, Revista Mexicana de Sociología, Vol. 67 No. 4 (Universidad Nacional Autónoma de México, 2004): 795-796. En adelante: Lutz, Abstencionismo y votación nula.
[4] Ibid., 799.
[5] Patrice Gueniffey, La revolución francesa y las elecciones; democracia y representación a fines del siglo XVIII (México: Fondo de Cultura Económica, 2001), Cap. V.
[6] José Antonio Crespo, México: Abstencionismo y desarrollo social, Documento de Trabajo, División de Estudios Políticos; 166 (México: Centro de Investigación y Docencia Económicas, 2004), 12-13.
[7] Estadísticas y Resultados del IFE.
[8] Lutz, Abstencionismo y votación nula, 813.
[9] Estadísticas y Resultados del IFE.
[10] Instituto Electoral del Distrito Federal. Resultados electorales de 2009. http://www.iedf.org.mx/index.php?cadena=resulta2009/r2009.php (Fecha de consulta: 28 de septiembre de 2009).
[11] Instituto Nacional de Estadística y Geografía. Información estadística del nivel educativo de la población. http://www.inegi.org.mx/est/contenidos/espanol/rutinas/ept.asp?t=medu16&s=est&c=3284 (Fecha de consulta: 2 de octubre de 2009).
[12] Lutz, Abstencionismo y votación nula, 814.